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Comparto un interesantísimo artículo publicado en el Corriere della Sera, basado en los testimonios de algunos fotoperiodistas galardonados con los máximos premios internacionales de fotografía periodística, gracias a algunas fotos al borde de los límites éticos y que posteriormente les han causado grandísimos remordimientos por haber sabido hacer LA FOTO y por no haber sabido (o querido) ver que se trataba de una situación en la cual quizás hubiera sido más necesario ayudar que hacer fotos. A veces estos remordimientos se multiplican por el efecto mediático que tuvo la imagen en cuestión y que, en el caso por ejemplo de Kevin Carter, le han llevado a  suicidarse. El fotoperiodismo es sin lugar a dudas una forma de fotografía muy controvertida porque da un lado permite que el mundo conozca injusticias y situaciones extremas que de otra manera pasarían desapercibidas, pero por otro lado conlleva un problema ético-moral que tiene dos vertientes: una pública que a veces supera la importancia de la noticia y una personal que a veces pone al fotoperiodista delante del espejo de si mismo, con consecuencias impactantes en su vida.

No quiero con este post, tomar partido por una u otra postura, quiero simplemente poner encima de la mesa este aspecto de la fotografía… Para quien quisiera ir un poco más allá y tocar con mano que significa ser fotoperiodista en los tiempos actuales, os aconsejo: la página de un amigo, gran fotógrafo y reportero: Ferrán Mallol Lerín http://www.facebook.com/photosatriani.giuse#!/ferran.mallollerin  y la lectura de un libro que se enfrenta a este tema tan controvertido y que ofrece alguna válida idea; es del gran reportero polaco Ryszard Kapuscinski y se titula: “Los cínicos no sirven para este oficio”; contiene además un interesantísimo intercambio de opiniones (El relato en un diente de ajo) entre Ryszard Kapuscinski y John Berger