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No sé cómo arrancar este artículo. Me llegan a la mente un montón de posibilidades, pero ninguna muy convincente: el bombardeo visual al cual estamos sometidos en la era de la fotografía digital, pide a gritos la vuelta a un proceso basado en la tradición en el cual las imágenes se vuelven tangibles y tocables; mi dilema creativo permanente que me columpia periódicamente entre la fotografía a alta definición y la fotografía evocadora; la experimentación fotográfica enfocada a encontrar formas y soportes innovadores respeto a los habituales para inventar maneras alternativas de comunicarse a través de la fotografía. Desarrollar cualquiera de los temas enunciados anteriormente, me permitiría tener un marco teórico y general para luego hablar especificadamente de dos exposiciones que vi en PhotoEspaña 2018 y que en definitiva son el objeto principal de este artículo y la causa de mis elucubraciones con las cuales quería arrancar este artículo. Así que lo mejor es empezar a hablar justo de las dos exposiciones que han sido el origen de todo esto.

En la Galería Blanca Berlín (hasta el 8 de Septiembre), Alberto Ros expone “El camino del tao”. El tao es “el origen”, es un camino circular por el cual todos transitamos hasta ser reabsorbidos por él. Es por lo tanto un concepto muy relacionado con la Naturaleza Madre. Pero no es de la base teórica usada por Alberto Ros para su trabajo, que quería hablar. Lo que me fascinó de esta exposición fue la técnica usada por el artista para obtener sus imágenes. El “clorofilotipo” es un proceso que es parte de la antotipia, que usa extractos de plantas para el revelado a contacto, de las imágenes. En el caso del “clorofilotipo”, se usa la misma clorofila contenida en las hojas, come superficie sensible en la cual revelar las imágenes, a través de un lentísimo proceso de transferencia por contacto de la imagen, desde el soporte fotográfico original a la hoja que actúa como papel fotográfico, gracias a la exposición a la luz solar. El resultado son piezas visuales únicas sobre hojas, que revelan imágenes evocadoras, que generan una sensación de paz y serenidad, a la vez que un deambular de la mente a la búsqueda de algún vivido personal para asociarlo con esa imagen efímera revelada en la hoja y que nos ha obligado a pensar.

En el Museo del Romanticismo (hasta el 23 de Septiembre), expone “La experimentación pictorialista” de Tomás de Acillona. En este caso estamos hablando de fotografía experimental entre el 1920 y el 1950 usando la técnica de la goma bicromatada que de Acillona perfeccionó junto su amigo músico Andrés Isasi. Lo que me gusta pensar es que, a pesar de que los críticos atribuyen a de Acillona más bien méritos por la maestría que había llegado a tener en el proceso técnico de revelado, la colaboración con el amigo músico, había contaminado también al fotógrafo que elegía los sujetos para transmitir determinadas emociones que el sentía y no solo porque necesitaba “material” para refinar su dominio de la técnica de revelado. Es verdad que sus imágenes espacian desde los retratos hasta los bodegones, pasando por el paisaje y hasta el reportaje, en mi opinión, en las imágenes de la exposición comisariada por Mikel Lertxundi Galiana, existe como un factor común hecho de silencio y soledad (para nada negativa).

Poniendo a factor común las dos exposiciones, me parece poder afirmar que en ambos casos se trata de fotografía experimental volcada a conseguir imágenes evocadoras en las cuales el verdadero “revelado” es solo parcialmente obtenido en el proceso técnico; parte de este proceso ocurre en nuestras mentes a través de nuestros pensamientos evocados por algún aspecto visual que ha capturado nuestra atención en la imagen que vemos. De esta manera, nuestras mentes revelan con nitidez algún aspecto y dejan en la vaguedad otros, sumando una nueva unicidad en las ya únicas piezas artísticas que estamos mirando. Este proceso inconsciente, me recuerda mucho el proceso muy consciente que el fotógrafo hace cuando trabaja en una imagen a alta definición para revelar con luz algún detalle que permite subir a dimensiones superiores una imagen de por sí muy bella y dejando deliberadamente en la sombra o en un segundo plano otros detalles que no queremos que se revelen.

Para quien ama la fotografía en soporte no digitale, recuerdo que, cada mes de Mayo, en Vilassar de Dalt y en Barcelona se organiza REVELA’T; en la edición de este año también mi amiga Conchi Martínez ha participado con su Cuaderno de Viaje.

 

 

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