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Islandia

La primera vez que me hablaron de Jorge Fuembuena fue en Zaragoza, cuando tuve la oportunidad de tomarme una caña con mi amigo fotógrafo Ferrán Mallol a lado de la Galería Spectrum, donde el es docente. Ferrán es a su vez amigo de Jorge y me lo presentó como una gran persona y un fotógrafo con un recorrido ya importante. Algunas semanas más tarde, dentro del Festival-Off de PhotoEspaña, visité la galería “La New Gallery” en la cual se exponía el trabajo “El fin de las catedrales” de Jorge Fuembuena…y entendí muchas de las cosas que Ferrán me dijo de él y de su manera de representar cosas a través de sus fotos. El trabajo en cuestión son imágenes tomadas alrededor del glaciar Jakobshavn en Groenlandia y representan paisajes de silencio, con morfología cambiante, y con la característica que es casi imposible dar a estos paisajes alguna dimensión. La ausencia, la repetición, la falta de referencias, la luz oblicua que no conoce día o noche, la nada, el blancor del hielo infinito con sus tonalidades magenta o azuladas, todo induce a la tranquilidad, a la simplificación, a la búsqueda de la esencia, al contacto con el “Yo” más profundo. Esta sensación se amplificaba todavía más, mirando el vídeo en el cual se registra el andar del barco que llevaba el fotógrafo a lo largo de este glaciar; si no hubiera sido por el movimiento del barco que generaba una cierta ondulación del agua, parecía de estar parados porque el paisaje parecía siempre lo mismo debido a la inmanencia del glaciar y a la monotonía cambiante de sus formas.

Mirando las imágenes de Jorge Fuembuena, tuve la misma sensación de soledad positiva que he probado en un entorno ambiental totalmente opuesto a lo de un glaciar pero paradójicamente con las mismas características de ausencia, repetición, silencio, simplificación; me refiero a los desiertos. He tenido la oportunidad de saborear el Marroquí, el Tunecí, el de Namibia y el Australiano y en todos ellos, siempre he tenido la impresión de ser libre, de poder volar, listo al atrevimiento y a la locura. El desierto, como los hielos de Fuembuena, son un espejo, una interrogación hacia uno mismo, una promesa. El “vacío” es sosegado, la experiencia de la nada hace entender que la nada no existe porque está siempre hecha de mucho, por lo menos de los pensamientos que una persona se entera que pasan por su cabeza cuando está en frente a ella.

La semana que viene el post será dedicado a la iniciativa GetxoArte en la cual soy uno de los artistas invitados…